A principios de mes se publicó en Noroeste la columna Vuelo Libre de Martín Amaral, que a mi en lo particular me encanta leer; y coincidió que el otro día estaba platicando con un amigo de lo que para nosotros como sinaloenses, y ahora para mi como culichi, nos merece el tema de la narcocultura.
El narco aquí está infiltrado en todos los sectores de la sociedad, lo que pasa es que ya nos acostumbramos a no verlo así y ya no nos parece tan malo. Lo malo, ahí si, es cuando se desata la narcoviolencia y matan a unos por aquí y a otros por allá, y se les atraviesa algún inocente que desgraciadamente estaba en el lugar y el momento equivocado, además que las bandas de sicarios de ahora ya no son como las de antes (dijo la viejita) que tenían sus códigos de honor y sólo se ejecutaban al susodicho en cuestión y los demás salvábamos el pellejo; no, esos tiempos ya quedaron muy atrás.
De ahí en fuera, creo que nos hemos acostumbrado demasiado a esta situación. Porque se ha convertido en parte de nuestra realidad, en parte de lo que somos y estamos convencidos que sin el narco en Sinaloa la economía, en todos sus sectores, se vendría abajo, por más que nuestros honestos empresarios y agricultores digan lo contrario; el narco ha permeado hasta la médula y va a seguir así hasta no sabemos cuándo... No hay de otra.
A continuación presento la columna de Amaral
Vuelo Libre
La omertá culichi
Martín Amaral
04-06-2008
En 1967 aparece la que muy seguramente es la primera novela con el tema del narcotráfico en México: se trata del Diario de un narcotraficante, de la editorial Costa Amic, atribuida a un supuesto Angelo Nacaveva. Aunque muy mal escrita, la novela ilustra la mocedad del fenómeno narco.
De cuando era un asunto familiar, casi pacífico, donde la elaboración era casera, sin grandes artilugios, donde la venta se hacía en directo, donde los grandes cárteles apenas se insinuaban. Tiempos donde la ilegalidad como estilo de vida quedó tatuada en el sinaloense.
Tiempos idos donde los narcos se ajustaban a ciertos códigos: las familias no eran tocadas y se mataban únicamente entre ellos. Tiempos en los que la gente local sólo por excepción era adicta a las drogas.
En los comentarios con amigos, en pláticas oídas de soslayo y en algunas declaraciones públicas (como la de Leonidas Alfaro en este mismo periódico), advierto nostalgia por aquella forma embrionaria del narco, que en apariencia portaba un cierto "heroísmo" y era practicante de una moral malévola: narcos convertidos en mecenas de sus comunidades, los que llevaban la electricidad, los que alzaban las iglesias, los que ayudaban a los enfermos.
Esa visión providencial del narco premoderno es, al mismo tiempo, una aberración moral (entendida como grave error del entendimiento) y el humus social donde se plantó la ilegalidad como práctica socialmente aceptada, es decir, normal.
Insisto: entre justificar (y beneficiarse) de aquellas conductas aldeanas y menos violentas de antaño, y lamentarse ahora de la espiral enloquecida de violencia y asesinatos, se encuentra una zona oscura donde habitan la complacencia y la complicidad, la irreflexión y la ausencia de autocrítica.
Reitero: no veo en el miedo colectivo ni en las declaraciones públicas ningún rechazo tajante de la ilegalidad, ninguna renuncia a los beneficios de economía ficción del narco; veo episódicos espasmos de temor por la seguridad personal y familiar, pero escaso interés por la comunidad y el futuro colectivo; veo molestias porque la antigua normalidad se hizo trizas, porque los narcos ya no respetan nada (¿qué les cuesta ponerse de acuerdo, volver a ser discretos y disolver a sus asesinados en ácido en vez de encobijarlos y tirarlos a la calle?), veo angustia pero porque el boom inmobiliario y automotriz se afecta, porque una plaza caliente merma los flujos de dinero.
Quizá por ello en Culiacán muy pocos protesten; tal vez por ello entre nosotros no haya ni "megamarchas" ni siquiera minimítines: acaso un sentimiento de culpa colectivo (uno mismo, mi compadre, mi mejor cliente, mi hermano, mi primo, mi cuñado, mi amigo, andan metidos directamente en "el negocio" o lavan el dinero o trabajan donde lo lavan) que hace imposible pensar siquiera en protestar.
Hay una palabra que acaso resuma nuestro inmovilismo complaciente: la omertá. Una práctica muy difundida en los casos de la mafia siciliana, donde un testimonio o una de las personas incriminadas prefieren permanecer en silencio por miedo de represalias o por proteger a otros culpables.
En Sinaloa hay una omertá tropical y colectiva.
El narco como lumpenburguesía. El narco sale de la sierra y conquista las ciudades, se pasea en los clubes, compra carros importados, viaja al extranjero con curas, compra terrenos en todas partes, manda a sus hijos a los mejores colegios, se hace compadre de políticos. Es un caso típico de trepador socialmente exitoso. Pero extraña la sierra. Se le nota en su vestimenta, En su porte, en sus añoranzas, hasta en el andado: camina como entre lomas. Por eso le gustan los corridos.
Es un lumpenburgues, para usar un término olvidado de algunos teóricos setenteros que conjeturaban que a un lumpendesarrolllo corresponde entonces una lumpenburguesía. Es decir un proceso de acumulación de capital que se sale de las convenciones históricas. Porque a pesar de que conquista las ciudades y hacer el super en San Diego, sigue extrañando el páramo de la sierra. Es un desclasado.
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